Los signos
Al genio le importa, pues, el lugar que ocupan las palabras. Rara vez son exactamente iguales dos frases con idénticos vocablos y orden diferente. Al menos, como ya se ha dicho, estaremos ante una diferencia psicológica.
Un titular de periódico dice: «mata a su mujer y se ahoga en Córdoba» . Con ese orden, sabemos que el hombre que mató a su esposa se ahogó en Córdoba, pero desconocemos dónde la asesinó. Si el título hubiera dicho «mata a su mujer en Córdoba y se ahoga», seguramente tendríamos una mayor certeza sobre el lugar donde ocurrieron ambos hechos, aunque no total. Pero la solución mejor, que nos resuelve todas las dudas, habría sido «mata a su mujer y se ahoga, en Córdoba».
Otra frase nos cuenta que los vecinos del inmueble de Leganés (Madrid) donde se suicidaron siete terroristas «preguntaban angustiados cuándo podrían volver a ver si sus pisos estaban afectados» . Según está escrito, esos vecinos ya habían visto si sus pisos estaban afectados, y deseaban volver a verlo. Se deduce del contexto que, para leer bien la frase a la primera, hacía falta una coma: «preguntaban angustiados cuándo podrían volver, a ver si sus pisos estaban afectados».
Ah, la coma. La coma es un guardia de tráfico sensacional para mantener el orden. Y por eso la adopta nuestro genio.
Por influjo griego, en el siglo XVI se usaban ya la coma (komma: «corte», «cesura»), el punto (stigmé, «punción»), así como los dos puntos, el paréntesis, las comillas y el signo de interrogación. En el XVII se añadieron al idioma español el punto y coma y la exclamación. Más adelante los puntos suspensivos y el resto de los signos que ahora empleamos.
Casi todos ellos (no tanto el acento, las interrogaciones y exclamaciones o los puntos suspensivos) fueron creados para el mejor orden de la escritura, y para que la alteración del orden quedara a su vez bajo un orden complementario.
Las distintas calles que podemos transitar con las frases y las oraciones tienen esquinas, cruces, baches, portales, parques, coches… y por eso necesitamos semáforos y guardias de tráfico para organizar nuestro discurso. El orden que ha establecido el genio de la lengua precisa también de señales que lo hagan cumplir, en forma de acentos, guiones, comas, interrogaciones. El genio los sitúa con sutileza, nunca detiene a nadie por incumplirlos y ni siquiera levanta la voz cuando nos aconseja un signo de exclamación.










