Lentitud en América

Lentitud en América

Si será lento el genio, que en América se desperezó muy tarde. Y eso que se trataba ya de tierra conquistada. El imaginario colectivo cree que el español lo extendieron en América los españoles, cuando sería más atinado decir que lo extendieron los americanos.
Las deformaciones interesadas han difundido la idea de que los conquistadores barbudos impusieron a machamartillo la nueva lengua. Nada más lejos de la realidad. Y si lo hubieran intentado, probablemente el propio genio se habría opuesto. Demasiada rapidez. No es su carácter, como ya se había demostrado antes en los territorios ganados al Islam.
España coloniza América en el siglo XVI, y sale de allí por completo en el XIX (ya a las puertas del siglo XX). Salió España, por supuesto, pero no salieron muchos españoles que habían ido allá, ni muchos que viajarían más tarde. Cuando se produce la independencia de las colonias, sólo hablan español uno de cada tres americanos. Esa lentitud del genio puede parecer exasperante. El exitoso Vocabulario de Pedro Arenas, publicado en México en 1611 para enseñar el español a los indígenas, seguía vendiéndose doscientos cincuenta años después con igual aceptación. «Esto debe hacernos reflexionar», ha escrito el historiador de la lengua Juan Ramón Lodares, «sobre la tranquilidad y paciencia con que las cosas idiomáticas transcurrían en los virreinatos. También sobre el hecho de que la lengua de los españoles estaba menos extendida de lo que parecía en un principio» . En 1570, cuando aún no se había cumplido un siglo del Descubrimiento, habría en el continente unas seis mil quinientas familias españolas frente a los tres millones largos de familias indias. Una desproporción considerable. Cien años después, los términos seguían sin equilibrarse. En Ciudad de México residían entonces ocho mil españoles y unos seiscientos mil indígenas. En 1635, el obispo Maldonado le escribe una carta a Felipe V en la que, entre otras cosas, le dice: «en esta tierra poco hablan los indios y españoles en castellano porque está más connaturalizada la lengua natural de los indios» . Otra carta, llegada desde Quito (que se había fundado ciento treinta años antes), le informa de que son innumerables los indios de servicio en las casas «a los cuales sus amos y amas los hablan en la lengua del inca». En 1789, Alejandro Malaspina recorre todos los dominios de España en América y llega a la conclusión de que el Imperio no tenía lengua común propiamente dicha, y de que el español se hablaba sólo en los grandes centros urbanos, donde además no eran infrecuentes otras lenguas autóctonas.
El lento genio del idioma, que gobernaba todo aquello desde el interior de cada hablante, no animó mucho a la expansión. Era su carácter, que -ya lo hemos visto- le venía de la Reconquista. En general, toda evolución y expansión de una lengua va despacio. A veces nos deslumbra el éxito del inglés; su rapidez para invadir culturas. Pero, si rascamos un poco, vemos que por debajo queda una lengua autóctona -ya sea el hindi, el malayo o el afrikáans- tan fuerte o más que el idioma invasor. En América, el genio del castellano actuó despacio, y tal vez por eso sirva hoy como lengua materna a más del 90 por ciento de los habitantes de los países colonizados por España.
Fueron los españoles quienes se inventaron la palabra «mestizo» (del latín mixtus, mezclado). Y seguramente a causa de su actitud de mezclar se han incorporado con tamaña naturalidad al español muchas palabras de los idiomas indígenas, tanto al que se habla en España como al que se reparte por los países del continente americano. Y se añadieron o se adaptaron «chévere» (palabra de los negros esclavos que significaba «lo que está bien hecho» y «chocolate»,y «chapapote»… Pero con mucha desenvoltura y sin ninguna prisa.
No podríamos imaginar ahora sino con dificultad que se produjera una evolución inversa (una involución) a la que se ha producido hasta aquí, y que eso ocurriera con rapidez. ¿Cuánto tardaríamos en volver a decir titulum en vez de «título», o cacahualtl en vez de «cacahuete»? Si estamos tardando decenios en acostumbrarnos a sustituir champán por «cava» sin necesidad de pensarlo, cuando se trata del espumoso catalán, ¿cuánto tardaríamos en decir todos los hispanohablantes inalienare en vez de «enajenar»?
No vale la pena, por tanto, confiar en una evolución rápida del idioma. Nunca ha sido así y es probable que nunca sea. Ese es el carácter de nuestro genio, y probablemente también el nuestro como colectividad. Quizá los cambios que experimentamos en tanto que sociedad vayan más lentos de lo que creemos, y todo lo que ahora parece suceder deprisa se venga larvando desde hace mucho. Tal vez los aparatos cuya eficacia nos hace pensar que nuestra vida ha cambiado nos la están dejando en realidad como estaba, con sus problemas fundamentales intactos. (Puede que hasta agravados).
Hay «revoluciones» muy lentas. Y en eso reside la mejor garantía de que lleguen a fructificar. También en la vida las evoluciones lentas suelen ofrecer resultados duraderos; mientras que las transformaciones rápidas o violentas quedan habitualmente en precario ante eventuales acontecimientos de igual índole. Seguramente, el genio del idioma lo sabe muy bien.