Inventos nuevos, palabras viejas

Inventos nuevos, palabras viejas

El fenómeno continúa. Las palabras certeras arraigan. En su obra ya citada, Walter Porzig nos advierte de que vivimos rodeados de objetos que no han cumplido aún cien años . Todavía podemos recordar cómo empezó el genio a darles nombre. El mundo nuevo del ferrocarril, por ejemplo, nos hizo inventar esa palabra en español (y con los genes del español) para sustituir con ventaja a chemin de fer y a iron roads (expresiones ambas que procedían a su vez de los carriles mineros). Nuestro idioma eligió «revisor» donde el inglés prefirió guard (guarda; porque los revisores debían defender el correo ante salteadores de caminos). Y tomó «estación» por analogía con las estaciones donde se cambiaba de caballo de posta o con las paradas del recorrido por las iglesias en Jueves Santo (las «siete estaciones»); «vías» evoca mediante transposición metafórica el rastro que dejaban los carruajes o el simple «lugar por donde se transita» que ya definió el diccionario; «andén» era el corredor para andar por donde caminaban las mulas en las norias, tahonas y otros ingenios movidos por tracción animal; y así, «andén» es ahora el lugar por donde andamos junto a los carriles por donde discurre la maquinaria de tracción mecánica, eléctrica o de combustión. (El francés, en cambio, adoptó quai, «muelle»; eligió el acervo portuario). Y, como pasaría luego en el caso de «fútbol», también tenemos «tren» (de train en francés), que convive con «ferrocarril» y que ha asumido la grafía del español. Más bien parece «tren» una excepción sonora (por su fuerza onomatopéyica) entre tantas palabras nuevas que en su día salieron… del diccionario. Y así sucedería más tarde con la «navegación» aérea («aero-puerto», «aero-nave», «embarque», «sobrecargo», «a bordo», «borda», «pasaje», «bodega», «piratas» …; y adoptamos del francés «avión» tal vez porque entendimos que se trataba de un ave muy grande). Por tanto, como sostiene Porzig, en la búsqueda de términos para hallazgos recientes «se transfieren palabras de vecinos campos objetivos y más antiguos al nuevo» .
Es decir, el genio del idioma acude incesantemente a lo que ya tenía, para darle nuevo uso, para reciclar las palabras como un buen ecologista.
Así sucede, sin ir más lejos, con el verbo «arrancar» cuando se emplea con el significado de «poner en marcha» un coche. Como sucedió con «armario», por ejemplo, que antes era el lugar donde se guardaban las armas, pero ahora guarda los abrigos y se le sigue llamando igual; porque el genio quiso guardar en él la palabra que lo nombra. Continuamente, palabras que significaban sólo una cosa amplían su sentido, pero sin que ello mueva jamás a confusión. El genio sabe arreglárselas. Hace muchos años que ejecuta con maestría los cambios por asociación de sentidos (metáforas, metonimia) y por asociación de formas (etimología popular, elipsis). A su carácter analógico se suma aquí su obsesión por el reciclado.
En ese terreno, el genio de la lengua recicló tiempo atrás el término «teclado», que es anterior al ordenador o computadora, incluso más antiguo que la máquina de escribir (porque nace de la «tecla» del piano, del órgano o del clavicordio ). Ese conservacionismo del genio del idioma -«conservadurismo» si no se le da tinte político- hace que las palabras permanezcan como evocadoras de conceptos incluso a pesar de los avances que éstos experimenten. Así, llamamos «coche» o «carro» a un potente automóvil en nada parecido a aquéllos arrastrados por caballos o bueyes… O ahora una persona «enciende» la luz en su apartamento (o la «prende», según el uso más extendido en América) porque alguien antes «encendió» o «prendió» las velas en un castillo del siglo XIII; pero también «encendemos» el televisor (que no por ello se quema) y después lo «apagamos» (sin utilizar calderos de agua). Evolucionan los conceptos, pero las palabras permanecen; precisamente porque se agarran a ellos. Las imágenes de televisión nos llegan gracias a las «cámaras», tan distintas de las cámaras de aquellos fotógrafos de trípode y manta, tan diferentes a su vez de las ligeras cámaras de fotos, y tan distintas todas ellas de las «cámaras» que definía el primer diccionario: «aposento interior o retirado donde regularmente se duerme», de donde salió «cámara oscura» (una cámara muy grande, eran los albores de la fotografía) pero también «camarada» (de las cámaras donde los soldados dormían juntos) y «camarilla» (aquellos que se reunían en la cámara del Rey).
El idioma, puesto que se crea dentro de sí mismo, responde a lo más nuevo con lo más viejo. Eso puede darnos pie a defender legítimamente que todo invento no tiene por qué ir definido por una palabra nueva, al contrario de lo que muchos sostienen. El genio ha demostrado que sabe aportar soluciones al respecto. Ahora jugamos al scrabble, un invento anglosajón que pronunciamos difícilmente /escrábel/. Puesto que se trata de un juego de palabras cruzadas, no resultaría extraño que dentro de unos decenios «jugar al scrabble» se dijese simplemente «Jugar al crucigrama»; en oposición con «resolver un crucigrama» o «hacer el crucigrama», expresiones estas que se reservarían para los publicados en diarios y revistas.
En los hoteles nos dan ya una tarjeta para abrir la puerta de la habitación, y a ese instrumento lo seguimos llamando «llave», a pesar de que ésta no se parece en nada a aquéllas de sólido hierro que cerraban las mazmorras. Y se denomina «llave» porque lo importante no es su forma, ni el avance técnico que muestre, sino que abra la puerta. Que tenga la «clave» -su etimología- para pasar. Lo mismo sucede cuando un comentarista deportivo dice que un futbolista estrelló el balón en el «palo» a pesar de que las porterías se hacen ya de aluminio y no de madera. O cuando narra que el balón -palabra anterior también al juego del fútbol- llega a la «red» (un término que tuvo un uso previo en el mar).
El genio de la lengua nos da esas fórmulas de una manera natural; pero es posible que la solución se retarde si por el medio se cuela un anglicismo para denominar el nuevo utensilio. Ya hemos dicho que el genio se hace entonces el interesante. No importa: al final regresará con el vocablo auténtico; como pasa con «elepé« «cedé»… recuperaremos la palabra «disco» y desaparecerán las dos anteriores; desaparecerá «chófer» y recuperaremos «conductor» , y hasta es posible que con el tiempo se vaya perdiendo «frigorífico» y digamos más a menudo «nevera»; o que arrinconemos office para pronunciar de nuevo «antecocina» .
Las palabras permanecen, y así lo ha querido el genio del idioma durante siglos, frente a los avances técnicos que han vivido los conceptos que nombran. Como ha explicado el mexicano Raimundo Sánchez, lo accidental, lo accesorio, no anula el contenido esencial de las palabras.
La palabra «pantalla» no ha llegado hasta la computadora así como así. Antes fue la pantalla del televisor, y antes la del cine. Y antes, la de una lámpara. Todas tienen en común que sobre ellas se proyecta la luz. Todavía la primera acepción que nos da el diccionario sobre la voz «pantalla» dice: «lámina que se sujeta delante o alrededor de la luz artificial para que no moleste a los ojos o para dirigirla hacia donde se quiera».
Estas actitudes del genio de la lengua, como se ve, continúan en vigor. Y con mucho vigor. El mismo criterio que llevó hace dos mil años a nombrar «sierra» a una cordillera, el que hizo que la «púa» del puercoespín diera nombre al utensilio con el que se mueven las cuerdas de la guitarra para dotarlas de mayor volumen, logra ahora que llamemos «gorila» al que se sitúa en la puerta de una discoteca para impedir el paso a quienes no le parecen adecuados a la categoría del lugar. Y probablemente hemos llegado al punto en que el llamado «gorila» ni se ofende.
La obsesión del genio por crear significados desde dentro nos ha invitado a nombrar partes del cuerpo con objetos ajenos a él: la caja torácica, la palma de la mano, el globo ocular, la nuez de la garganta, el martillo y el yunque del oído… Y su técnica de las metáforas antropomorfas nos dio el efecto contrario (partes del cuerpo que nombran objetos): los ojos del Guadiana, la boca del túnel, la pata de la mesa, las manecillas del reloj, las entrañas del volcán, la cara norte de la montaña o la cara oculta de la Luna… Y el sillón con orejas.
Se considera que un 35 por ciento de las palabras que figuran en el diccionario se han construido dentro de la lengua, utilizando los propios recursos de que dispone el genio del idioma. Ese gusto por ejercer la innovación con el almacén propio resulta muy llamativo.
Por eso podemos pronosticar que en el futuro hallarán mejor acomodo en nuestro idioma, por los gustos del genio, las voces que más se parezcan a las nacidas desde dentro, aunque lleguen envueltas en un extranjerismo: palabras como «lavavajillas», «telespectador», «quinceañero» , «motocaca»… Y también las metáforas fosilizadas, construidas igualmente con ingredientes propios: un «plumas» , un «puente festivo» (a menudo sólo «puente» si el contexto lo avala), una «canguro» …
Las palabras así formadas serán longevas, mientras que no cabe suponer lo mismo de zapping, holding, focus group, outsourcing… Entre otras razones, porque en su día ya rechazó el genio las grafías francesas que, sobre todo en el siglo XVIII, acechaban a cualquier documento impreso. Algunas quedaron, claro que sí, gracias a su utilidad y a que se adaptaron a la morfología y la fonética del español («financiero», «cotizar», «la Bolsa», «revancha»… ). Pero en cambio no tuvieron mucha suerte expresiones que parecían de lo más fetén, como golpe de ojo (mirada), pitoyable (lastimoso), chimía (química), remarcable (notable), y otros inservibles inventos más, además de clonaciones sintácticas como el uso del gerundio en función adjetiva («se ha recibido una caja conteniendo libros») o el abuso de los artículos ante nombres de países («está de moda en la Italia»)