Género y número

Género y número

Hace muchos siglos que el genio intenta implantar un orden. Por eso estableció las concordancias de género y de número. Y las correspondencias sintácticas («si el equipo ganase, se clasificaría primero»; «si el equipo gana, se clasificará primero»). Fue acomodando todas las terminaciones y dotándoles de cierta lógica. «La cuchara y «las cuchares», como se decía antiguamente, se convierten en «la cuchara» y «las cucharas»; «la infante» pasa a ser «la infanta»…
Y vemos de nuevo que el genio sigue vivo ahora -y que es el mismo-, porque median muchos siglos entre el cambio de «la infante» por «la infanta» y los más recientes que nos conducen ya a decir «la gerenta», «la parienta», «la presidenta»… Y, aunque las diferencias de formación entre aquélla y éstas sean evidentes, el hablante percibe la posibilidad de cambio, y ésta le llevará quizás a pronunciar algún día «la almiranta» cuando así lo necesite, entre otras razones porque ya existe «giganta», por ejemplo. Cambios que se registran conforme el genio entiende que la palabra recibe más la fuerza del sustantivo que del participio presente.
Porque el genio del idioma distribuyó los masculinos y femeninos atendiendo a un cierto orden que necesitaba en aquel momento: prohibió que la vocal a en final de palabra y sin acento fuera un masculino, y aplicó el mismo criterio (es decir, el inverso) cuando se trataba de la o y el femenino. Ese era el criterio general, que le importaba más para resolver un problema que para dejar una norma in aeternum. Porque más adelante, cuando no le pareció acuciarte la situación, abrió la mano. Precisamente era ésa una de las excepciones que había consentido en la Edad Media: «la mano», y también «el día». Otros femeninos de entonces que se formaron con terminación -o delatarían con ello su procedencia foránea («la nao», por ejemplo, del provenzal o el catalán) . Pero más allá del español medieval, el genio del idioma admitió excepciones traídas de otras lenguas: «el pijama» -que en algunos países de América se dice sin embargo «la pijama» (/piyama/)-, «la dinamo». Todos esos casos vendrían a dar la razón a Nebrija, quien definió los géneros del castellano por el eficaz método de discernirlos según el artículo, en vez de la letra final.
La Academia ha defendido hasta hace poco la palabra «autodidacto» como masculino, y «autodidacta» como femenino. Pero pocos se sienten cómodos al escribir o pronunciar «un autodidacto». Les avalan en su coherencia palabras como «un protagonista», «un poeta», «un demócrata», «un cosmopolita», «un psicópata», «un exegeta» … .
También aplicó el genio su orden particular a todos los neutros heredados del latín y que en castellano se quedaron sin su género (sólo subsiste en el artículo determinado y en algunos pronombres: «el grande», «la grande», «lo grande»; «él» , «ella», «ello» … ).
Aquel neutro latino tenía la misma terminación en nominativo y acusativo (un horror para el gusto de nuestro genio; una disculpa más para acudir a las preposiciones y suprimir los casos), y en el plural esa desinencia coincidía en ser una a. Ante ello, el genio decidió que todos los neutros terminados en -o fueran masculinos, y todos los acabados en -a se considerasen del género femenino. Con el resto, que tenían las terminaciones más variopintas, adoptó soluciones individuales, atendiendo a la historia de cada palabra. Los adjetivos neutros desaparecieron como consecuencia de todo eso, también por una cuestión de orden: no tenían nada con lo que concordar. Sin embargo, el genio dispuso que se distinguiera entre el masculino y el femenino de muchos adjetivos que en latín carecían de tal división. Hacía falta respetar el orden, y que concordaran como es debido.
Esa vieja decisión de convertir en femeninos los neutros plurales sigue siendo productiva en nuestros días. Gracias a ella, algunos genéricos que abarcan un conjunto de objetos son femeninos, frente al masculino que designa cada uno de esos objetos en particular. Por eso distinguimos entre «el fruto» y «la fruta», «el leño» y «la leña», «el hueso» y «la huesa» (fosa), «el policía» y «la policía»… y más modernamente entre «el banco» y «la banca». De nuevo, el genio sacó petróleo de una circunstancia desfavorable para obtener partido de ella… gracias a su orden nuevo .
Si siempre ha sido ordenado, el genio mantendrá su orden en los años venideros. Podemos preguntarnos si el hecho de que la mujer se haya incorporado a las fuerzas policiales alterará esta distribución, porque la expresión «la policía» puede referirse ya no sólo al cuerpo de seguridad en su conjunto sino a uno solo de sus integrantes, en este caso una mujer. ¿Cómo afectará esto al orden establecido? El genio lo resolverá sin duda. Y conociéndole, bien podemos suponer que en frases como «vino la policía» el hablante (movido por los hilos de nuestro misterioso personaje) decidirá inconscientemente decir «vino una policía» cuando esté aludiendo a una mujer y «vino la policía de la que te hablé» si precisa referirse a una en concreto que el hablante ya conoce. Lógicamente, el contexto amparará muchos casos en que se diga «la policía» para citar a una persona en particular.
Y así ocurrirá con otros supuestos que pueden plantear dudas de significado con el cambio de género: «el soldado» y «la soldada», «el cámara» y «la cámara»…
Los historiadores de la lengua consideran probable que el primer objetivo de los géneros fuera diferenciar entre seres animados e inanimados. Más tarde se añadiría entre los animados la diferencia por sexo. En este caso, el sexo es «significativo»; y el género, «distintivo». Esta división de géneros, este orden gramatical, resulta de una gran utilidad para el estilo, porque las sucesivas palabras masculinas o femeninas que se empleen en un párrafo se excluyen entre sí para las concordancias y ayudan a la economía del lenguaje porque «distinguen» unas relaciones de otras. Por ejemplo: «la vendedora se encaró con el cliente porque dijo que estaba harta de que intentara tantos engaños» frente a «la vendedora se encaró con el cliente porque dijo que estaba harto de que intentara tantos engaños».
El orden de géneros se estableció también para los adjetivos terminados en -or, que antiguamente eran invariables. Pero a partir del siglo XIV el genio abrió la puerta y se les sumó una -a en el femenino. Antes, la puerta estaba cerrada. Y cerrada sigue, por cierto, para los comparativos, porque así como decimos «trabajador» y «trabajadora», no podemos convertir una frase como «Juan es mejor» en «Ana es mejora». Otra cosa es si el comparativo se sustantiva (ahí la puerta sigue abierta desde el siglo XVI) : «la superiora» , por ejemplo.
Un rasgo más que muestra el carácter ordenado del genio es su invención del artículo, que no existía en latín pero sí en griego. Agotadas la serie y la distribución de sentido de los demostrativos, le hacía falta algo más ligero, de andar por casa. No le resultaba cómodo acudir a fórmulas como «llegó con estos cavallos» cuando deseaba designar objetos o personas cercanas. Eso lo hacía el latín también para la tercera persona, en la que acudía a un demostrativo cuando necesitaba lo que ahora llamamos artículo. El castellano incipiente escogió «ille» para esta función, y por eso ahora decimos «él» y «ella» y «ello», dentro de ese orden que el genio nos ha dado.
Porque el artículo viene a ser un demostrativo que determina un objeto más vagamente que los otros demostrativos, sin significación accesoria de cercanía ni de alejamiento, según explicó Ramón Menéndez Pidal. El artículo sirve sólo para señalar un individuo particular entre todos los que abarca la especie designada por el sustantivo. Ya sea uno que tenemos muy cerca o uno del que se ha hablado o que está determinado por la conversación. O bien para expresar que el individuo al que nos referimos no forma parte de esa cercanía.
El caso es que aquí lo tenemos, y que sirve para ordenar el tráfico de las oraciones. Y se le echa de menos cuando no aparece, por ejemplo en algunos titulares. («Palestinos matan a dos colonos en un asentamiento judío en Hebron» ). La ausencia del artículo contraviene en muchos casos el genio del idioma, que decidió expresar mediante su uso si el nombre al que nos referimos es cercano o lejano, conocido o desconocido (pues no sería lo mismo decir «los palestinos matan» que «unos palestinos matan» ).