El valor de la ñ

El valor de la ñ

Ese espíritu ecologista de nuestro genio reapareció a finales del siglo XX, en los primeros años noventa, cuando algunos fabricantes de ordenadores intentaron evadirse de la norma española según la cual todos los teclados de importación debían tener incorporada la ñ como letra, en pie de igualdad con el resto de los caracteres. Las propuestas de que el español mudase esta grafía para adoptar alguna de las alternativas en otros idiomas indignó a casi todos los pueblos que hablan nuestra lengua.
La ñ, en efecto, es un invento peculiar del español. No existía en latín, y si ha pasado a otras lenguas (el euskera -donde ocupa incluso el lugar insigne de la bandera vasca, ikurriña-, el aimara, el guaraní, el quechua, el araucano, el tagalo… ) eso se debe a que el castellano les prestó su alfabeto porque estos idiomas carecían de él.
La ñ tiene sus antecedentes en los fonemas latinos n (vinea, «viña»), nn (annus, «año») y gn (ligna, «leña»). Esta nasal palatal no existía en latín ni siquiera como sonido, pero sí anidaba en la mente de los habitantes de la Península y en la evolución que aplicaron a su idioma. La marabunta de grafemas que usaron en la Edad Media las lenguas romances para sonidos similares se formaba con posibilidades como in, yn, ny, nj, ng, nig, ign y n. El italiano y el francés se quedaron con gn; el catalán eligió ny; el portugués, nh, y el castellano se decidió en un primer momento por nn . Luego -por esa economía de esfuerzos que alienta nuestro genio- las dos letras iguales («geminadas» en el lenguaje técnico, palabra que se asocia fácilmente con «gemelas») se redujeron a una, como en muchísimos otros casos; pero la ausencia de la otra se indicaba mediante una rayita trazada sobre la letra superviviente. La ortografía de Alfonso X el Sabio consagró esa solución. Y Nebrija reflejó después estos orígenes en su gramática (siglo XV): «la n esso mesmo tiene dos oficios: uno proprio, cuando la ponemos sencilla, cual suena en las primeras letras destas diciones: nave, nombre; y otro ageno, cuando la ponemos doblada o con una tilde encima, como suena en las primeras letras destas diciones: ñudo, nublado, o en las siguientes destas: año, señor». Pero, por si las dudas, el gramático sevillano sentencia luego sobre la ñ: «hacemos le injuria en no la poner en orden con las otras letras del a b c». En Nebrija, la raya superior se ha hecho ya ondulada. Y desde entonces la conservamos contra viento y marea, para que nadie le haga injuria. Porque forma parte ya del talante de nuestra lengua.
El semblante del idioma son los alrededores, que el genio visita de tanto en vez y sobre los que no ejerce una vigilancia estricta. Sin embargo, el talante es su guarida. En el talante reside el genio, o viceversa. Si en el semblante están los anglicismos, por ejemplo, el talante es la actitud que el genio mantiene ante ellos. En el semblante se puede apreciar cierta desorganización, porque las fuerzas que intervienen en él son ajenas a las esencias del idioma: generalmente, proceden de las cúpulas sociales. En el talante, por el contrario, todo responde a un patrón estable y reconocible, que entronca con el pueblo.
El genio nos influye… quién sabe. El gusto por conservar las palabras ancestrales nos habrá alimentado seguramente el placer de mantener las tradiciones, tal vez nos ha animado a que, generación tras generación, se hayan transmitido los romances de ciego y los cuentos populares, los refranes y los dichos, las canciones infantiles y los ritos adultos, que hayamos respetado los templos antiguos (incluso los de otras religiones) y los teatros romanos. Todo lo que pasa con el idioma va ligado quizás a nuestro carácter. A veces, la lengua es la consecuencia de nuestros actos; pero en otras ocasiones le corresponde a ella influir en nuestras ideas.