El valor de empezar

El valor de empezar

Si el sujeto ocupa el lugar principal -el significado prominente-, con razón le otorga el genio un valor superior a la palabra que lo ocupa. «Madrid dista 600 kilómetros de Barcelona» no significa exactamente lo mismo que «Barcelona dista 600 kilómetros de Madrid», puesto que en el primer caso la importancia psicológica de la frase recae sobre Madrid, y en el segundo sobre Barcelona. El genio de la lengua se nos muestra ordenado porque (como veremos más adelante) es un tanto rácano: administra sus recursos, emplea medios escasos que le sirven para fines múltiples. La importancia reside en el sujeto, y el sujeto está al principio de la frase. Pero si colocamos cualquier otro elemento en ese lugar, le otorgamos el valor protocolario del sujeto y resalta así sobre el conjunto. «Raquel ya estaba aquí antes de que vinieras» no significa lo mismo exactamente que «antes de que vinieras, Raquel ya estaba aquí». Ni significan milimétricamente lo mismo «tú llegaste después que Raquel» y «Raquel llegó antes que tú». Porque el orden forma parte del significado, y el elemento por el que empieza una frase (en lo natural reservado al sujeto, a la persona) reina sobre el resto de la composición.
Ese orden fue importante también para las letras, de manera que las vocales que figuraban a principio de palabra en latín apenas desaparecían en su evolución hacia el castellano. Para nuestro genio, con toda claridad el lugar principal es el lugar primero.
Tomemos las frases -iguales pero distintas- «ayer no pudo hablar con ella» y «no pudo hablar con ella ayer». En este último caso («no pudo hablar con ella ayer») se cumple el orden natural, porque la oración comienza con el sujeto (implícito, pues el genio del español no lo necesita expresar, en su tacañería) y continúa con el verbo y los complementos. Pero en el otro caso («ayer no pudo hablar con ella»), cambiamos el orden y colocamos la circunstancia en primer plano. Eso da un valor adicional a la primera palabra: «ayer». Así, resaltamos la circunstancia de que ayer no pudo hablar con ella, exactamente ayer. Mientras que en «no pudo hablar con ella ayer» este adverbio se halla en su lugar natural y no excede por ello de su significado concreto: estamos diciendo que el sujeto llamó a esa persona ayer y no pudieron hablar, sin más. Pero en «ayer no pudo hablar con ella», la desordenada presencia de «ayer» nos invita a pensar que los demás días sí hablaba con ella pero ayer, precisamente ayer, no pudo. El genio es así de sutil.
Esto parece una característica propia del genio del español. Cuando queremos hablar otro idioma no podemos acudir a los mismos recursos expresivos y reproducir el orden de nuestra lengua materna, puesto que la arbitrariedad de cada idioma -el español tiene también la suya- hace que varíen estos recursos.
El orden planea sobre toda la sintaxis del castellano, de modo que regula las relaciones entre las palabras, sus concordancias, la cronología de los hechos («llegó y comió» significa que primero llegó; «comió y llegó» significa que primero comió). A menudo el lugar que ocupa una palabra concierne al significado completo de la frase, o cuando menos a su énfasis («fui al restaurante ayer, y tenían arroz», «fui al restaurante, y tenían arroz ayer»; en el primer caso, es probable que tuvieran arroz ayer y también otros días; en el segundo caso, es probable que sólo ayer tuvieran arroz).
La ausencia de las declinaciones latinas ha dado una importancia mayor en nuestra lengua al lugar que ocupan las palabras. Dicho de otra forma: con las mismas palabras se pueden decir cosas distintas si se sitúan en diferente orden, por ejemplo «el niño enfadado está con el maestro» , «el niño está enfadado con el maestro» o «el niño está con el maestro enfadado».