Decisiones anteriores
En los años treinta del siglo pasado, el teatro Romea de Barcelona anunciaba un espectáculo donde se podría ver a «cinco girls con los senos en libertad» . Ahora nadie utilizaría ese anglicismo, puesto que los senos en libertad pueden corresponder a cualquier procedencia. Años más tarde, los jóvenes se reunirían en guateques en torno a un pick-up, palabra que circuló durante un buen tiempo hasta que el genio de la lengua inventó el «tocadiscos» . Con el tenis llegaron smash, lob, out, deuce… y el tiempo hizo que surgieran «mate», «globo», «fuera», «iguales»… palabras todas que ya tenía de antes, y que valía la pena reciclar.
En la actualidad, Internet y todo el mundo nuevo de la informática están imponiendo, es cierto, un vocabulario especializado. Sin embargo, nos encontramos ante una situación que el genio ya conocía y sobre la que había tomado decisiones en tiempos lejanos. Si analizamos aquéllas, podemos imaginar qué sucederá con éstas.
Como ya hemos visto, el fútbol, inventado en Inglaterra, nos trajo una jerga que incluía en su tiempo palabras como las que hemos citado más arriba, a las que podemos añadir manager, shoot, dribbling…, que luego se quedaron en «secretario técnico» o «director deportivo»; en «disparo» o «lanzamiento», y en «regate». Y el viejo plongeon se dice ahora «tirarse a la piscina» (si se pretende simular una falta) o «estirada» y «palomita» (si se trata de una acción del guardameta). La palabra football era traducible, desde luego; pero «balompié» no tenía una existencia anterior a ella (por eso es un calco del inglés, porque se inventó más tarde). En cambio, sí existían en español las palabras «portero», «delantero» , «defensa»… y por ese motivo no prosperaron las fórmulas foráneas. Porque el genio es conservacionista, v acude con frecuencia para sus plantaciones y repoblaciones a las especies de las que ya dispone. Eso las resguarda además de la depredación que suelen producir los anglicismos: entra «cúter» y ya nadie parece recordar «estilete», «fleje» o «lanceta» (en el aeropuerto de Bogotá oí que una empleada que necesitaba abrir un precinto se refería a esta cuchilla como «bisturí»). Pero así como reapareció «regate» para sustituir a dribbling, bien puede pensarse que algún día recuperaremos, por influencia del genio de la lengua, alguna de estas cuatro formas de referirse a un pequeño utensilio que corta. Ya decimos que suele tardar más en reaccionar cuando se topa con una palabra que se usa sin consultarle.
Pues bien, en el caso de la informática, «mensaje» es también anterior a mail; «enlace» precede a link; y «conectar» y «enchufar» se conocen antes que plugin. Y, por supuesto, el prefijo griego cíber- cumple con ventaja (y con más antigüedad) el papel de la raquítica e que en inglés (menos rico que el español en la creación de palabras mediante prefijos, infijos y sufijos) sirve para abreviar el concepto «electrónico» . Por eso podemos decir «cibermensaje», «cibercorreo», «ciberdirección», «ciberbuzón» (términos estos que un norteamericano común no sabría diferenciar, pues en todos los casos diría e-mail), o «cibercafé», «ciberforo» y «cibercharla». El genio del idioma conoce bien esos recursos para la formación de palabras, como ya hemos visto antes, y podemos esperar que haga una incursión en su historia, igual que en otras ocasiones, para regresar de allá con algunas opciones como éstas.
Bastará con que ciertos hablantes de prestigio o algún medio de comunicación beban en fuentes parecidas para que los usuarios del español las reconozcan de inmediato como suyas y las acepten. Estarán acudiendo así a sus propios cromosomas verbales, con los que sin duda se sentirán más cómodos porque se adaptan mejor a su pensamiento y al perfume de las palabras heredadas. Esta reacción colectiva es más tardía, pero también más duradera cuando de recuperar las viejas palabras se trata. Puede que la extensión de los anglicismos se produzca con mayor rapidez, pero con frecuencia se quedan sólo en el semblante del idioma, del que después desaparecen.
Un buen ejemplo es la palabra «dopaje», puesta en circulación por la Academia como alternativa a doping y que fue acogida inmediatamente por hablantes y periodistas. «Dopaje» atiende al genio del idioma («anclaje», «pelaje», «pillaje», «doblaje» …) mientras que la terminación de doping jamás se habría incrustado con naturalidad en nuestra lengua. De cualquier forma, aún queda la posibilidad de que el genio alumbre, con su lentitud proverbial, una posibilidad más que se acerque a sus cromosomas propios y se aleje del préstamo. Tal vez «trampeo», tal vez «drogaje»… quién sabe.
Pero eso que acaba de suceder con «dopaje» ya ocurrió en el siglo XIII (el genio no hace sino dar muestras de que sigue siendo el mismo). Porque Alfonso X el Sabio y sus colaboradores se enfrentaron al problema de que la lengua romance diera réplica a los tecnicismos o conceptos del pasado que sólo se habían expresado hasta entonces en latín y otros idiomas de cultura. Siempre que podían, Alfonso y los suyos aprovechaban las posibilidades del castellano de entonces y las incrementaban con derivados edificados sobre la base de palabras ya existentes. Así escribían húmido (ahora «húmedo»), diversificar, deidat («deidad») … «Alfonso el Sabio, a pesar de haber introducido abundantísimos cultismos, no se salió de la línea trazada por la posibilidad de comprensión de sus lectores, y por ello casi todas sus innovaciones lograron arraigo», ha escrito Rafael Lapesa .
Esa intervención desde arriba debe ser muy certera para que el pueblo la siga. Ya se sabe que la evolución de la lengua no funciona así, puesto que las decisiones se toman abajo: el pueblo ha de reconocer algo propio en las palabras que asume. Hemos escrito en otro lugar que se puede intervenir en el idioma como los biólogos actúan en el océano: en consonancia con las corrientes marinas y de acuerdo con la naturaleza, para preservar sus especies. Porque -a diferencia de lo que había logrado Alfonso X- dos siglos más tarde se instaló entre los escritores un fervor latinizante que excedía con mucho las necesidades del pueblo y del idioma. Iban contra el genio, sin duda, y por eso el genio rechazó abundantes palabras escritas entonces: sciente (sabio), punir (castigar), fruir (gozar), ultriz (vengadora)… . Alguna está en el Diccionario de la Academia (pues fueron usadas en la literatura, y constan ahí), pero nada más queda de ellas. En unos casos, por cursis; en otros, porque ya tenían equivalentes. (Llegarían más tarde fray Luis de León y Garcilaso de la Vega para hacer lo contrario: ambos huyen de introducir significantes que muestren latinismo o helenismo evidente). Junto a aquellos términos rechazados, por supuesto otros sí arraigaron, pues cumplían las normas exigidas por el genio de la lengua: que fueran inteligibles y no resultaran superfluos.










